miércoles, 16 de junio de 2010

Fechas

Esto de las fechas es un poco capullada, pero después de seis meses casi sin leer ni escribir, hacerlo en algunas de las señaladas te deja sacar un poco de hígado y, ¡sobre todo!, ayuda a encontrar el anclaje, más o menos lo mismo que cuando se va a renovar el dni, del yo, aquí, ahora. .

Hoy es 16 de junio, santa Conegunda, día internacional del niño africano y Bloomsday. Hace 231 años comenzó la batalla por Gibraltar español, en el 60 se estrenó Psicosis, en el 76 Valentina Tereshkova se convirtió en la primera mujer cosmonauta, fue el día en el que nacieron Stan Laurel (el flaco de El gordo y el flaco), Leopoldo María Panero y Juan Muñoz, en 1904 James
Joyce comenzó su relación con Nora Barnacle (día en el que transcurre el Ulisses) y además es el cumpleaños de mi amigo Abel Ramon.

Desde 1954, cada 16 de junio se hacen lecturas del Ulisses, se repiten el itinerario de calles, pubs y comidas de Leopold Bloom y cientos de personas se visten como los personajes de la novela por
Dublín, Nueva York y hasta en Brasil; cosa que me parece tremendamente difícil, porque no me enteré de nada del libro, excepto del momento epifánico de la eyaculación precoz (...).

Hoy es el día en el que transcurre también la Dublinesca de Vila-Matas, último libro que he leído entero y que he defendido, con rabia, aquí. En la novela, un editor exalcohólico y jubilado, después de 40 años intentando salvar a la literatura decide enterrarse en vida con ella, e irse un 16 de junio hasta Dublín para darle al libro el funeral que se merece. La imprenta ha termido. Caput. Gracias, ebook...

Pero Abel, además de ser el mejor doble de Tarantino y el mayor experto en Clint Eastwood de Barcelona, es la persona que conozco que trata con más cariño a los libros, no como yo, que soy una cafre con ellos. ¡Siempre los lleva en la mano junto a las llaves por la calle e impecables!

A finales del año pasado le obligaron a escribir un artículo por día hasta San Juan y, durante estos seis meses de no yo, Abel, que no ha fallado día, me ha ido señalando con tiza en el suelo y muerto de sueño que las palabras sirven para ser mejores.

Eso, y muchas cosas más, como a sistematizar, a anclar y a viajar por Siberia, repitiendo, según la fecha, Mientras tanto dame la mano.



Felicitats.

lunes, 26 de abril de 2010

Memento illam vixisse o el Barthes que más me gusta

Hoy, 26 de marzo, y no de abril, memento illam vixisse ('Acuérdate de aquella que ha vivido').



Roland Barthes (12 de noviembre de 1915 - 26 de marzo de 1980)

"Como decía Roland Barthes, ni te cases ni te embarques", dice la canción que cierra el vídeo La Confimación de Bestué/Vives**. Et voilà la ironía barthesiana: el autor francés que más escapó de la arrogancia de los mitos, de esos estancamientos de la Doxa -¡terror!- y de la opinión pública en general ha acabado siendo, desde los ochenta, el más citado en cualquier escena cool literaria o artística habida y por haber.


"RB: best-seller de la teoría literaria" (A.R.)



En el vídeo de Bestué/Vives, mientras se oye lo de "ni te cases ni te embarques", aparece llenando la pantalla una cara de Barthes formada de frutas. Et voilà la cara del mosquetero de las estructuras de la primera parte de los sixtie's, justo antes de darle una patada a los binomios y los paragramas, de dejar la obra literaria para pasar a hablar de escritura, de cargarse al autor -textual, se entiende- y de hacerse el harakiri literario en ese libro maravilloso titulado Roland Barthes par Roland Barthes en el que todo gira entorno a una pieza que no existe: el yo.

"Si yo fuera escritor, y estuviera muerto, me gustaría mucho que mi vida se redujera, gracias a los cuidados de un biógrafo amistoso y desenvuelto, a algunos detalles, algunos gustos, algunas inflexiones, digamos: 'biografemas' cuya distinción y movilidad pudieran viajar más allá de cualquier destino y llegar a tocar, a la manera de átomos epicúreos, algún cuerpo futuro, prometido a la misma dispersión." (RBxRB)

Desde los setenta, Barthes trabajó duro para no casarse con nadie. Después de dejar claro que ni él mismo existía, un Barthes ya libre -pero siempre triste- hizo y deshizo lo que se le antojó sobre el placer, el amor, la comida, los habanos, el cine y la época de la que en gran medida fue víctima también. ¿Cómo escribir(se) y no estancarse en el discurso? La escritura fue la primera salida a todo ello. La segunda, el cuerpo. Y la tercera, la que lo llevaría al más allá de sí mismo y de todo discurso: la memoria del ser ausente.


Memento illam vixisse o la mère que más me gusta recordar

El 25 de octubre de 1977 muere Henriette Barthes, su madre, aquélla a la que hay que recordar. Hecho traumático e insoslayable que cruza la última etapa -ya literaria- del autor que no creía en el autor y que conduce a un nuevo Roland, tras una larga vida neutra -sin histeria- de artículos y repeticiones a dejar de esconder su yo, no sólo en el armario.

Tres años antes de su muerte -de la que hoy se cumplen treinta años- Barthes se embarca en algo demasiado grande como para controlarlo: el enfrentarse a sí mismo tras la ausencia de su madre. En dos libros: La cámara lúcida y Diario de duelo.

Porque en temas de muerte hay cosas que se escapan:

"Todo el mundo conjetura -así lo siento- el grado de intensidad de un duelo. Pero es imposible (signos irrisorios, contradictorios) medir hasta qué punto alguien ha sido alcanzado".

"Las palabras (simples) de la Muerte:
- '¡Es imposible!'
- '¿Por qué, por qué?'
- 'Para siempre'
etc."
(Diario de duelo)

Muerte y amor, asignificativos. Irreprimibles. Como el grano de la voz de la que ya no está que Barthes encuentra hojeando en viejos documentos de su madre, en la Foto del Jardín de Invierno, en la que aparece Henriette cuando era niña.

"Aquellas fotografías, que la fenomenología llamaría objetos 'cualesquiera', eran tan sólo analógicos, suscitaban tan solo su identidad, no su verdad; pero la Fotografía del Jardín de Invierno, en cambio, era bien esencial, cumplía para mí, utópicamente, la ciencia imposible del ser único. (La cámara lúcida)

Grano, punctum, pinchazo, herida causada por la presencia de la ausencia de la que ya no está que lanza a Barthes hacia una escritura tapizada de piel, en la que se puede "escuchar la textura de la garganta, (...) toda una estereofonía de la carne profunda", en la que se siente la pulpa de los labios de alguien irreductible en tanto que único. La cámara lúcida, más que ensayo de fotografía, es texto que chirría, grana, acaricia y luego raspa.

Para Barthes, recordar a alguien era lo mismo que olvidarlo. Y para ello sólo hubiera bastado con decir el nombre único de su madre. Pero la carne se echa cuando se volatiliza al que ya no está, como hizo Derrida en Las muertes de Roland Barthes, título que (lo) ininterrumpe, eternizante, y que dispersa su ausencia, pluralizándola. Inacabamiento llevado hasta un final sin fin, pese a que algunos busquen los finales sin tregua.

A los 65 años, poco antes de ser atropellado por una furgoneta de lavandería, B quiso cambiar, "dar un contenido al sacudón" del medio de su vida. Una vita nuova con satori (vacío mental) para poder ya libre dejar(se) la piel en la escritura, sin marcas ajenas, con huellas internas.

Trazando esas huellas algo de la mano del escritor, decía Sollers, se queda sobre el papel. Y en La cámara lúcida, en el Barthes que más me gusta, el cuerpo de B y el cuerpo de H aparecen surcados, pero fugaces. Imposible agarrarlos.

Como en la Foto del Jardín de Invierno. Cuando la miro, Barthes y su madre sonríen, para siempre. Como el punctum, como ese pinchazo que experimentaba Barthes al mirarla, ahora las palabras de Barthes -Bard, Bárt, Bártes, Bartè, Bartezzz...- se convierten en aquellos pequeños biografemas que parecen llegarme, alcanzarme, herirme sólo a mí.

"¿Por qué tendría deseos de la mínima posteridad, de la mínima huella, puesto que los seres que más he amado, que más amo, no la dejaron, ni yo ni algunos sobrevivientes pasados?"





** Este viernes 30 de abril estos dos bestias inauguran en Estrany de la Mota el proyecto "Sabadell".

jueves, 14 de mayo de 2009

El desafío de los perversos



Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos es el último ensayo de Élisabeth Roudinesco (París, 1944). Historiadora y directora de investigaciones en la Universidad de París-VII, es autora de diversos libros que han marcado época, como La batalla de los cien años: historia del psicoanálisis en Francia, Dictionnaire de la psychanalyse (en colaboración con Michel Plon), Porquoi la psychanalyse? o Jacques Lacan y La familia en desorden (estos dos últimos en Anagrama).

“¿Dónde empieza la perversión y quiénes son los perversos?” es la pregunta que pretende responder Roudinesco en este libro, en el que lleva a cabo un recorrido por la historia de la perversión desde diferentes ángulos y a través de los retratos de sus protagonistas, a caballo, en todos los casos, de las teorías y las prácticas de cada contexto para pasar así a una reflexión de aquello que entendido como perverso en la actualidad. Este desarrollo se divide en cinco capítulos dedicados a los siguientes temas: la época medieval y el misticismo; el siglo XVIII (alrededor de la figura de Sade); el siglo XIX y la medicina mental; el siglo XX, donde se afirma, con el nazismo, la metamorfosis más abyecta que ha existido de la perversión y, por último, la biocracia del siglo XXI.

Nuestro lado oscuro se propone diversos objetivos: uno, entender la idea de perversión a través del análisis de la perversidad a lo largo de la historia; dos, observar cómo aquello considerado como perverso ha ido remodelándose a partir de los cambios de poder (de Dios al Estado); tres, denunciar la perversidad que se ha producido en muchos casos precisamente para eradicar aquello considerado como perverso (la mayos catástrofe: el nazismo); cuatro, atacar, a través de la tesis sobre el poder de Foucault, el papel de acción de la ciencia entendida como biocracia y portadora de la “verdad única” -e institucional-; y cinco, incidir en la importancia del psicoanálisis y de la subjetividad inconsciente como medio para tratar de aceptar “nuestro lado oscuro” y no caer en las generalizaciones impuestas que bajo el término “desviación” designan todos los actos transgresores de los que es capaz la humanidad, tanto de los peores como de los mejores.

Son de enorme interés el capítulo dedicado a la abyección y el castigo del cuerpo en las místicas medievales en búsqueda de la sublimación (como Catalina de Siena o Liduvina de Schiedam) y, por otro lado, la parte en la que Roudinesco analiza el libertinaje y la insumisión en tiempos de Sade, cuyo objetivo fue crear una verdadera enciclopedia del mal basada en la necesidad de una rigurosa pedagogía del placer ilimitado. Como insiste la autora, es con Sade y el advenimiento del individualismo burgués cuando la perversión se convierte en la experiencia de una desnaturalización de la sexualidad que imita el orden natural del mundo. “La mierda, escrita, no huele”, decía Roland Barthes al hablar de las animaladas del muestrario de Sade. En efecto, el marqués podía inundar de heces a sus personajes pero no al lector, ya que su objetivo era pasar del estatus de perverso sexual al de teórico de las perversiones humanas. Sade sabía muy bien que éstas son incontrolables: sea como sea, siempre aparece alguien más perverso que tú.

Ya en el XIX, y debido a la ausencia de influencia de los magristrados sobre la sexualidad privada, la sociedad industrial y puritana se vio obligada a inventar nuevas reglas que le permitiesen condenar las perversiones sexuales. Es entonces cuando se resignifican y redefinen la nueva homosexualidad, la masturbación, etc. Son, sin embargo, tildados de perversos tanto los que toman por efracción el cuerpo de otro (violador, pedófilo), como los que (se) destruyen ritualmente el cuerpo (sadomasoquismo) o los que lo distrazan (travestismo).

No fue hasta la llegada de Freud que ciertos estudios comenzaron a conferir una dimensión esencialmente humana a la estructura perversa -placer del mal o erotización del odio; nunca tara o anomalía-. Con Freud, y una vez asumida la muerte de Dios, la perversión como estructura psíquica fue, pues, integrada a la orden del deseo.

Roudinesco defiende esta vía antipenalizadora que huye del mecanismo que puede llevar a las masacres más grandes de la humanidad: es el soldado nazi actuante de una perversidad que desconoce bajo el nombre de la Ley quien se manifiesta en contra de los perversos anclados por la Ley (judíos, homosexuales...). En este sentido biocrático y dentro del marco actual de la nueva psiquiatría de la detección, la evaluación y el comportamiento, se operó un desplazamiento entre el orden del saber y el de la verdad. “Desposeído de su autoridad en provecho de un sistema perverso del que ya jamás es el ejecutante, el psiquiatra se ve enfrentado a una situación que lo convierte en espectador (y ya no actor de la alianza terapéutica)”, declara Roudinesco.

En un ataque directo a la ciencia positivista, la autora afirma que ésta no ha podido establecer ninguna correlación seria entre la perversión y una anomalía genética o biológica cualquiera. Todo es cuerpo y discurso, se entiende. Es por esto por lo que es necesario entender el placer del mal dentro de una historia subjetiva, psíquica, social. “Y sólo el acceso a la civilización, a la Ley o al progreso permite, tal y como afirmó Freud, corregir aquella parte de nosotros mismo que escapa a toda domesticación”

En definitiva, los perversos, según Roudinesco, no son los que atentan contra la salud pública, sino los que “desafían la Ley”. Nuestro lado oscuro es un magnífico ensayo que supone una vuelta a la teoría salvaje de los sesenta, imprescindible hoy. Tel quel.

Catálogo sin fondo



Los imaginarios de los autores de la editorial Apa Apa son tan potentes que está de más explicar el argumento de sus obras. El qué que se explica es lo de menos: lo importante, se entiende, es el cómo. Y el caso más extremo de todos es el de Dash Shaw, uno de los autores gráficos más importantes de la escena alternativa americana de los últimos años.
Ombligo sin fondo, en cuatro palabras, es la desestructuración de una familia a causa de la separación inminente de los padres, ya mayores y con nietos; tema que le sirve a Shaw para estirar los mecanismos de percepción, indagar en la ternura y el fracaso y levantar un trozo de novela gráfica de más de 700 páginas imposibles de no devorar.
Lo más importante viene del atractivo de los personajes -inolvidables- como Peter, el hijo-rana, o Jill, una niña acomplejada que se a ve a si misma como a un niño. Y lo que más trabaja Shaw es la recepción: viñeta a viñeta deja al lector en suspensión, dentro de un juego elegantísimo y afiladísimo de evocación y reflexión. Tanto el cómic anterior, La boca de mamá, como Ombligo sin fondo dejan marca, imborrable.

(Encontraréis la reseña en catalán en la Butxaca de este mes. En H Magazine tenéis reseña más entrevista a Dash Shaw).

Rusos III



Zapoi es un término ruso que significa emborracharse hasta caer por los suelos. Desgraciadamente, son muchos los casos de muerte por congelación en la calle -en el fondo, el ¡zapoi! es un último grito de deshinibición y de amargura sin fin.

Envidia” fue el zapoi literario de Yuri Olesha (1899-1960). Escrita en 1927, esta corta novela resultó ser a la vez un experimento de una belleza poética sin medida y una grieta por donde Olesha se alejó de las normas del “realismo social” y del terror de Stalin.

Se trata del monólogo de Nikolái Kavalérov, borracho y vagabundo, que un día es recogido entre los escombros por Andréi Bábichev, director de una fábrica de alimentación para masas proletarias y representante de los valores del nuevo régimen. Nikolái el perdedor, sin embargo, se va llenando de odio hacia el ciudadano ejemplar que es Andréi en una disputa en que su voz del subsuelo no tiene ni réplica ni esperanza; pero sí mucha envidia.

Mientras Nikolái va escupiendo bilis negra con regusto a vodka y desilusión, su bajada a los infiernos avanza en una deriva etílica que esconde mucha ambigüedad. Envidia” llegó a ser valorada por los críticos de la revista estalinista Pravda. Pero la denuncia de Olesha no iba hacia la descomposición del viejo mundo, sino en contra del Partido que aplastaba cualquier brote de vida.

Después de “Envidia”, sólo quedaba el silencio. Pero Olesha había tendido un puente que llegaría hasta la literatura del deshielo y las cumbres de Solzhenitsyn o Shalamov.

(Reseña publicada en Go Mag)

Rusos II



Después de un exilio de hambre y miseria, las circunstancias de Marina Tsvetáieva a su vuelta a la URSS se convertirían en el infierno. A su llegada en 1939, el gobierno soviético tendió una trampa a su marido y su hija, que pasaron a ser encarcelados y torturados por los órganos de la NKVD. Dos años más tarde, Tsevetáieva se suicidó en su casa de Elábuga. Poco antes había escrito: “Et ma cendre sera plus chaude que leur vie”. Pese a todo, nunca había abandonado la llama de la poesía.

Vivir en el fuego es una selección de los diarios y la correspondencia de Tsvetáieva, bajo la dirección de Tzvetan Todorov. De alto tono poético, no se trata sólo del testimonio de su vida y los acontecimientos del XX sino que resulta un magnífico laboratorio de su escritura. La voz de Tsvetáieva se presenta en todo momento desnuda y terriblemente cruda, y el estilo es siempre incendiario y telegráfico -gracias al uso de su famoso guión-. Un guión, según Brodsky, que acabaría tachando gran parte de la literatura rusa del XX.

(Reseña publicada en H Magazine)

Rusos I



En 1937 Shálamov fue condenado cinco años al desierto siberariano por actividades contrarrevolucionarias trotskistas. En 1947 fue deportado diez años más por haber publicado que Ivan Bunin era un clásico ruso. En un ambiente de -50ºC, de trabajos forzados, torturas y escorbuto, Shálamov compartió el infierno con intelectuales, hampones y asesinos. Bajo la ley de la taiga, sin embargo, todos fueron iguales: el sindestino era la deshumanización.

Los Relatos de Kolimá retratan lo que ocurrió en el gulag. En este segundo volumen, titulado La otra orilla, la voz de Shálamov sale en ocasiones del campo para destapar la brutalidad del pasado y, ante la dificultad de recuperar la palabra, recordar lo indecible no sólo describiendo lo que quedó, sinó también la memoria de los que desaparecieron.

El horror descrito en estas páginas es inmenso. Su poesía también. Pero la falsa nostalgia española lo ha mantenido silenciado hasta ahora. Gracias a Minúscula por la edición y a la espléndida traducción de Ricardo San Vicente.

(Reseña publicada en H Magazine)