sábado, 7 de marzo de 2009

Gaddis, erizo. "Ágape se paga"


En el título original, Āgape Agape, el primer término se refiere a la comida en común que los cristianos solían celebrar y el segundo significa ‘pasmado’; en conjunto, que la vida pasada del amor incondicional se ha desquebrajado y lo que ahora importa es el cuánto se paga.

William Gaddis (1922-1998), un autor imprescindible que ha permanecido en los márgenes de la literatura americana precisamente porque siempre trabajó desde esos márgenes, comenzó escribiendo un tractat sobre la historia de la pianola que se acabó convirtiendo en el monólogo de un moribundo. Con ello consiguió tres cosas: una, trabajar el fluir de la conciencia como lo hizo Joyce; dos, experimentar la entropía que más tarde abanderaría la generación de Pynchon; y tres –y fundamental–, la libertad total de hablar sin pelos en la lengua. El resultado es un protagonista que vomita 70 páginas de quejas, arrebatos y comentarios a Platón, Nietzsche, Freud, Tolstoi, Glenn Gould y muchos más para dinamitar el falso negocio cultural y, de paso, tirar unos cuantos cubos de merde al rebaño.

Gaddis atacó el mercado del arte desde su primera novela, Los reconocimientos. En la siguiente, JR, un personaje trabaja en un tal Āgape Agape, publicado póstumo en 2002. Medio siglo antes, Isaiah Berlin había dividido a los escritores en zorros y erizos. “Mientras que el zorro conoce de muchas estrategias, el erizo sabe de una sola y grande. Gaddis, erizo, manipuló el lenguaje con un único objetivo: hacer temblar, ni que fuera solo un poco, el orden establecido.


(Reseña publicada en Go Mag)

En lugar seguro



En estos tiempos malos para la novela, En lugar seguro grita a la larga vida de la narrativa americana contemporánea. Porque lo trata todo -amor, familia, muerte- a través de un tema: la amistad. Entendida, sin embargo, no como la pareja de contrarios que ha colmado la historia literaria (Quijote y Sancho, Bouvard y Pecuchet, Sherlock Holmes y el doctor Watson), sino a través de la relación que empiezan dos matrimonios cultos -Larry y Sally Morgan y Sid y Charity Lang- a la manera sincera y moderna que lo llevaban los griegos: la del amor sin contemplaciones. Pero la ayuda desinteresada y la delicidad compartida comienzan a ir en retroceso hasta que la amistad de los cuatro se enfría por culpa del carácter autoritario de Charity.

Pasados treinta años se vuelven a reunir para darle un último adiós a Charity, que está a punto de morir. Mientras que la amiticia ntre l'amiticia de las dos familias se vuelve a levantar, ahora con el peso en la espalda de la guerra, los fracasos y las enfermedades, Larry irá acordándose de las esperanzas y las conversaciones del pasado.

En lugar seguro es una novela excelente que habla de la juventud desde la vejez con una prosa robusta y sugerente, sin exclamaciones, como la brisa que golpeaba la cara a los protagonistas en la casa de verano de los Lang.

De Botchan y de todos



Desde niño, he tenido una impulsividad innata que me viene de familia y que no ha hecho más que crearme problemas. Una vez, en la escuela primaria, salté desde la ventana de un primer piso y no pude andar durante una semana. Alguien se preguntará por qué hice semejante tontería. Pero la verdad es que no hubo ninguna razón especial. Simplemente estaba un día asomado a una de las ventanas del nuevo edificio de la escuela, cuando uno de mis compañeros de clase comenzó a meterse conmigo diciéndome que, por mucho que me hiciera el gallito, en realidad no era más que un cobarde y que no sería capaz de saltar. El bedel tuvo que llevarme esa misma noche a cuestas a mi casa. Cuando mi padre me vio, se enfadó muchísimo y me dijo que no podía comprender cómo alguien se podía quedar sin caminar simplemente por haber saltado desde la ventana de un primer piso. Le respondí que la siguiente vez que saltara no me volvería a ocurrir.

Otro día estaba yo jugando con el reflejo que el sol producía en la hoja de una bonita navaja importada que uno de mis parientes me había regalado, cuando uno de mis amigos exclamó:

- Brillar, brillará mucho. Pero seguro que no corta nada.

- ¿Que no? -le respondí yo-. Mi navaja puede cortar cualquier cosa.

- ¿A que no puede cortar uno de tus dedos? - me desafió.

- ¿Que no? -le repetí yo-. Mira. -Y entonces empujé la hoja en diagonal sobre mi pulgar derecho. Afortunadamente, la navaja era pequeña y mi hueso estaba sano y fuerte, por lo que todavía conservo el pulgar, aunque tendré una cicatriz mientras viva.”

Ahí lo tienen. Encantada de presentarles a Botchan, el protagonista más entrañable, conseguido y leído del escritor Natsume Sōseki (Edo, 1867 – Tokio,1916). Sōseki es el gran clásico moderno de la literatura japonesa. Cultivó el haiku y la poesía china, pero es quizás su obra narrativa la que hoy es más recordada, principalmente entre el público occidental. De sus catorce novelas destacan Yo, el gato, La almohada de hierba y, sobre todo, Botchan (1906), que lo catapultó al éxito y se convirtió en un hit que lleva siendo leído por los jóvenes japoneses durante décadas. Ahora nos lo trae la editorial Impedimenta en una fantástica edición con traducción de José Pazó Espinosa y con prólogo del especialista en literatura oriental Andrés Ibáñez. Con todo, Botchan ha sido Premio Llibreter 2008.

'Botchan' significa niño mimado y Sōseki, el pseudónimo literario del autor, quiere decir terco, cabezota. Ahí tenemos al protagonista del libro. Un niño mimado y cabezota, pero increíblemete tierno porque en su terquedad siempre va camino de hacer justicia, de colocarse al lado del más débil y de pifiarla constantemente. Desde el principio, y subvirtiendo los cánones del paradigma de la novela realista europea -que ya había llegado a Japón en la época de Sōseki-, Botchan no va a ir a mejor, como suelen intentar los protagonistas de las grandes novelas de Balzac, Stendhal o Dickens. Las raíces entre todos sus protagonistas en el fondo son las mismas: huérfanos, pobres y perdidos. Y despojados, porque hasta lo que se sabe a Botchan sólo lo ha querido la sirvienta que tenían sus padres en el pasado, Kiyo -que, en parte, lo quiere por interés: ella siempre ha creído que Botchan podría ayudarla económicamente-. Pero las intenciones de Botchan escapan de la escala humana: él, en lugar de ir a la ciudad a prosperar, sale de Tokio para establecerse en un lugar perdido de provincias en el que trabajará como profesor, profesión que en ningún momento ha buscado, sino que le ha caído encima, sencillamente.

Una vez allí, el día a día con los alumnos y los profesores se convierte en insoportable. Unos y otros le hacen todo tipo de canalladas de las que Botchan no se sabe -y, sobre todo, no puede por mucho que quiera- desembarazarse, quedándose en situaciones realmente pesadas. Al contrario, cada vez la lía más. Sus intenciones de seguir al modelo, de hacer el bien y de ser justo lo convierten en una especie de Forrest Gump -sin suerte, claro- que no tiene lugar en la sociedad, ya moderna, que relata Sōseki. Esta sociedad moderna tan bien descrita por Sōseki no puede dejar escapar, por el otro lado, una fuerte crítica al sistema educativo, claramente extrapolable a la actualidad. Botchan va a relatar sus experiencias desde un principio apodando a los otros profesores, los que tendrían que ser sus compañeros. Así que, enemistado con el Bufón, el profesor de arte, o el Camisarroja, el jefe de estudios, nuestro héroe se va a quedar bien solo.

Podría decirse que Botchan es una novela de des-aprendizaje. Porque... ¿qué va a enseñar en el colegio el paleto Botchan? ¿O le van a tener que enseñar? Y lo más importante: ¿este paleto va a aprender algo?

No, para nada. Botchan no persigue ningún futuro ya desde su nacimiento. Se tiende a compararel libro con otro éxito -americano: El guardián entre el centeno, de Sallinger, por ser también novela juvenil, narrada en primera persona y con el marco de un instituto. Nada más alejado, porque mientras Holden Caulfield va en busca de su identidad -sobre todo la sexual- sin tapujos, Botchan inconscientemente se rebela contra su yo y, siguiendo en cierta manera el modelo japonés de creencia budista, iguala mundo interno y externo para quedarse en la experiencia sensorial. No hay significados, ni metafísicas, ni complejidades. Botchan está más cerca del protagonista del instituto Benjamenta de Robert Walser, pero sin ser tan perverso. Su tono es más humorístico, simple y cercano, en el que siempre va a decir la verdad soltando lo primero que le venga a la cabeza, para gracia del lector. Porque si algo sucede en Botchan es que se ríe mucho.

“A los 12 años la cambiaron de colegio, la pusieron delante de sus nuevos compañeros, le preguntaron de dónde venía y dijo: 'yo he venido de mi casa, yo he venido de mi casa...'”. Esta letra corresponde a la canción Disfraz de tigre, de Hidrogenesse, pero podría ser perfectamente una respuesta de Botchan. Entre la falta de imaginación, los clichés más llanos y el más noble conformismo, Botchan no quiere ser ningún ambicioso Julien Sorel, sino que quiere cumplir con el deber, aunque no le dejen, claro. Su carácter choca con las afinidades electivas que le rodean. Por eso, Botchan se va a quedar en un espacio liminal, en el que es imposible llevar a cabo la realización, dejándose llevar por sus emociones menos sofisticadas.

Al final, deja el trabajo de profesor y vuelve a Tokio, con Kiyo, donde consigue por enchufe un puesto como asistente técnico de una línea de tranvía metropolitana. Así no tendrá que pensar ni que aguantar a según quién. Él, a su deber. Como todos...


We have to come back

Mis más sinceras disculpas. Gracias a un amigo el otro día acabé de confirmar que soy una gran posponedora. Nada que no supiera, claro: me viene de familia.
Sea como sea, el vacío de mi blog (léase mi de todas las maneras posibles) ha sido demasiado. Pero es que el blog salió del desespero. Y si se junta desespero con desespero, la cosa se neutraliza. Recursos de autoengaño.

En fin, que desde el más allá he estado con este pequeño poema que descubrí la noche de fin de año:

"Todo lo daría al Tiempo, excepto... excepto
lo que he hecho mío. ¿Por qué tengo que declarar
lo prohibido, salvado mientras en la aduana
dormían? Porque yo ya he pasado,
y lo que no quería perder me lo he guardado"
ROBERT FROST

sábado, 29 de noviembre de 2008

Momentos epifánicos (II)


Marcel Proust quiso ver publicada su obra entera a dos columnas en un solo volumen y sin ningún parágrafo. ¿Qué pretendía? Intentar seguir la ley del recuerdo en una especie de misión imposible. Pero, claro, vivir un momento en presente tiene fin; en cambio, un recuerdo es un punto ilimitado que abre todo un antes infinito y todo un después infinito. Así que, como nos cuenta Benjamin, se ve que para escribir su Recherche, Proust no tuvo más remedio que luchar contra el sueño.

Con estas consignas cualquiera se lanza a escribir sus recuerdos... Hablar de uno da miedo: peligra que se nos quede atragantada la magdalena.

Pues bien, es esta misma imposibilidad la que da lugar a libros atrevidos. Y si hace años hubo un boom editorial de autobiografías literarias, ahora parece que el mundo del cómic tiene cosas qué decir. Ahí van:




Fun Home, un familia tragicómica, de Alison Bechdel (publicado en Mondadori). En los países anglosajones es muy común el hecho de que los niños escriban su “querido diario”. El proyecto de Bechdel, sin embargo, no tiene nada inocente. Al contrario: haciendo una parábola de la Recherche de Proust (el cómic también está dividido en siete partes), Allison, al igual que Swan, va a aprovechar la escritura para observase e investigar su homosexualidad. No sólo se va mirar a ella, sino que también va a escudriñar los rincones más oscuros de su familia. Poco a poco va a ir descubriendo lo que significa escribirse y su ilusionismo intangible, por lo que cada frase va a ir precedida de un “Yo creo” que anticipa el propio juego de la autobiografía. Lo importante, nos viene a decir Bechdel, no es si lo que se dice es verdad o mentira, sino que todos juguemos a creérnoslo. Y Fun Home, en este juego, es genial.



Diario de un exterminador de mosquitos (publicado en la editorial de cómics Apa Apa) recoge las series que John Porcellino fue autoeditando entre 1989 y 1999 en King Cat Comics sobre sus propias experiencias como matador de mosquitos. En su paso por ciénagas y aguas estancadas con las botas llenas hasta arriba de barro y escapando del ataque de todo tipo de bichos -la naturaleza ha pasado de ser bonita a ser odiosa y asquerosa-, Porcellino entra en un debate moral por el mismo hecho de matar mosquitos: primero con su profesión; luego, consigo mismo, y al final, con el mundo en general. Un mundo insoportable que tiene más ratas que peces. Entre la melancolía y el punk, la vida ordinaria y la morosidad -más Proust- el corazoncito de Porcellino consigue escapar del fracaso dibujándose. Y el resultado es un cómic que mezcla autobiografía y espíritu lo-fi de forma minimalista, elegante e increíblemente tierna. Lo importante, en Porcellino, no es la técnica de los dibujos, sino que éstos nos hagan reír y llorar.

Ambos cómics salvan también del naufragio al lector. Y sin olvidar en ningún momento el humor: la vida es jodida pero aún queda alguna fiesta por encontrar.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Momentos epifánicos (I)



"En realidad, si se quiere comparar la vida a algo, debe compararse a que la lancen a una por el túnel del metro a cincuenta millas por hora, para acabar en el otro extremo, sin siquiera una horquilla en el pelo".

Virginia Woolf, La mancha en la pared


Y luego, nada.

martes, 11 de noviembre de 2008

En el café de la juventud perdida

París, años 60. La puerta de entrada a la última novela de Patrick Modiano es el ambiente de un café parisino regentado por bohemios, artistas, escritores, situacionistas y algunos otros anónimos, con el humo y el alcohol como marco y el ajetreo de las conversaciones del Lundi Rue Christine de Apollinaire como tour de force. Pero es en los últimos, los anónimos, en los que se centra Modiano, apartando con el brazo a conciencia toda la magia de esa época, justamente para mejor evocar su cara más bestia. Como en todas las novelas del escritor francés, son los que buscan la propia identidad los que representan el clima de un pasado en el que, si bien se respira el humo, la energía y la rebeldía del París de entreguerras o posguerra, se saca a relucir sus entrañas más terribles: las del día a día de los sin salida; los verdaderos aplastados que viven en paralelo la ilusión de la modernidad de la década, pero que lo hacen con paso etéreo,sin entrar en ella, por la misma inmaterialidad de su persona.

La protagonista sin identidad esta vez es Louki, una chica joven que suele ir a rodearse de nombres propios a Le Condé, el café de la juventud perdida, título sacado de una nostálgica frase de Guy Debord. La conocemos desde el presente y a través de la voz de cuatro hombres con nombres falsos que nos hablan de lo poco que saben de ella a la vez que siguen el misterio que ha dejado su rastro. Desde el asistente del café hasta Roland, su última pareja; desde su maestro gurú (de nombre Guy de Vere -cuidado con a la reminiscencia a Guy Debord, el teórico de la deriva) hasta un inspector que podría ser su alma gemela, los cuatro le siguen la pista como si de una novela policíaca se tratase. El resultado con el que se encuentra el lector es un puzzle en que las piezas encajan; ahora bien, un puzzle con mucha niebla, en que las cosas se pierden para no verse más.




Porque Louki es Louki de las zonas neutras, de esos protagonistas de Modiano que viven en un lugar de visagra, como el Modiano de Un pedigrí, la fantástica novela autobiográfica en la que el autor nos pasaba el sinsignificado de su libro familiar. Ambos son personajes que viven en el desierto para no salir de él: su no-lugar es el de paso entre un lugar y otro. Como el protagonista de Centauros del desierto, no hay ni un dónde vas ni un dónde vienes. Su sitio es el desierto, el espacio no-espacio, el puente que tiende un abismo a cada lado. Louki no tenía “más recuerdos buenos que los de huida o de evasión. Pero la vida siempre volvía por sus fueros”. Y es ahí, sin traspasar el umbral de las calles de París, esas “tierras de nadie, en donde estaba uno en las lindes de todo, en tránsito, o incluso en suspenso”, donde el autor tiene que vagar para poder explicarlo.

Modiano superviviente, Modiano escritor. Su estilo elegante y minimalista es la expresión más afilada y dura de la escritura del dolor actual. Sin embargo, Modiano transforma ese dolor para dejarle al lector una prosa depurada, enfriada, que conforma un ambiente nebuloso en el que sus personajes maltratados por la vida se pierden para pasar al infinito.

Las historias de Modiano son de una profunda tristeza, pero siempre están explicadas desde una contención y una fragilidad en las que parece que su voz se vaya a apagar a la hora de sacar a relucir lo indecible. De andar lo desandable, de recordar los puntos de referencia de una vida por miedo a caer en el vacío. Pero no, la voz de Modiano no se apaga, sino que se convierte en uno de los ejemplos más bellos de la escritura del dolor a caballo de dos siglos. Hasta ahora Quignard y Michon han sido los dos nombres más laureados de la literatura francesa del XXI. Pero la presencia de Patrick Modiano a su lado es hoy imprescindible.

Modiano ha traspasado el umbral de la literatura. Y ahora es uno de los más grandes escritores vivos.


Dicen por ahí que, en el café de Le Condé, Louki solía escuchar L'Accordéoniste: