jueves, 9 de mayo de 2013
A d’Amour
lunes, 31 de diciembre de 2012
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Como explica Beatriz Sarlo, la lectura es un aprendizaje de costumbre, sobre todo de costumbres que contradicen la autoridad. Tomando como ejemplo la novela Clarissa de Samuel Richardson, y ante la pregunta incriminatoria de la madre a la protagonista, ésta responde: “yo no sabía qué decir; o más bien cómo expresar lo que tenía que decir”. ¿Cómo expresarse con lo que todavía no ha encontrado su palabra?
jueves, 19 de enero de 2012
No sabemos ser ligeros II
La única pasión de mi vida ha sido el miedo
Thomas Hobbes
Con esta cita abre Roland Barthes El placer del texto. Y hoy me la hago mía, porque podría esconderme y decir diez, pero no: son treinta y uno los años de miedo.
El miedo existe. Contra los que dicen que el miedo es sólo eso, miedo, como si quisieran evaporarlo, se levanta su materialidad; el miedo es una materia absoluta, pesada y voluble. Está ya allí, al acecho de lo que venga; dependiendo de lo que viene, la criatura mantiene su contorno o va creciendo en un doble movimiento –rechazo y retraímiento-, por lo que la cosa no está afuera, sino dentro. Será cuestión de sacarla y después domesticar al engendro...
De la palabra castellana 'miedo', sólo he encontrado que proviene del latín metus. En la mayoría de lenguas románicas, los términos proceden del latín pavore (‘peur’ en francés, ‘por’ en catalán, ‘pavore’ en italiano...), y la idea que se mantiene en todas ellas es que ‘pavor’ viene a decir ‘estar fuera de la paz’. A su vez, el latín lo sacó de la raíz indoeuropea pau-.
Isidoro de Sevilla estaba convencido de que el término latín para pavor procedía de ‘pavo’. Los griegos nos cuentan la historia: la esposa de Zeus, harta de las infidelidades de su esposo, decidió secuestrar a la ninfa Ío y dejarla a la vigilancia del gigante de los cien, mil o diez mil ojos, cuyo nombre era Argos Panoptes (pan- ‘todos’; optes ‘ojos’). Argos Panoptes nunca dormía y siempre tenía la mitad de sus ojos abiertos y medio cerrados por el sueño en cualquier momento -imagen que, a día de hoy, equivale al sistema panóptico de vigilancia en el que vivimos, tal y como recogió M. Foucault en Vigilar y castigar-. Sin embargo, ante el encargo de Zeus, Hermes el mensajero consiguió rescatar a la ninfa durmiendo al gigante con historias y canciones. Una vez dormido, lo mató cortándole la cabeza con algo similar a una catana. Fue entonces cuando los ojos de Argos fueron colocados en la cola del pavo real, símbolo de Hera. De toda esta historia, incluso alguien se sacó de la manga la constelación de Peacock (o del Pavo).
De la misma familia semántica, el término ‘pánico’ proviene de la situación de miedo que le agradaba crear al semidiós griego Pan, quien representaba a toda la naturaleza salvaje, de ahí que se le atribuyera la generación del miedo enloquecedor. A Pan le gustaba dormir, por lo que cuando alguien le despertaba en plena siesta, solía aparecerse en las encrucijadas de caminos a los viajeros aterrándolos. Físicamente era parecido a un fauno: cuernos y extremidades inferiores de cabra. Más adelante, en la Edad Media, del semidiós Pan surgió la iconografía cristiana sobre el demonio.
En cierta sintonía también, el miedo intenso o el pánico se hermanan con la palabra griega fobias, que procede de Fobos, hijo de Ares, dios de la guerra, y de Afrodita, diosa del amor y de la belleza. Menudo bicho crearon.
En sus etimologías, el miedo o el pavor surgen para significar la reacción ante lo desconocido y ante la vigilancia; ante aquello que nos ve pero que nosotros no podemos nombrar. Según Deleuze, el hombre quiere protegerse del caos. Por ello: contamos, concatenamos, sistematizamos, con el fin de forjarnos una opinión. El problema es que tanta técnica de fin económico ha acabado por expulsar y dejar en el olvido el afecto humano. En este sentido, Deleuze nos recuerda un texto en el que Lawrence describe a la poesía:
“Los hombres incesantemente se fabrican un paraguas que les reguarda, en cuya parte inferior trazan un firmamento y escriben sus convenciones, sus opiniones; pero el poeta, el artista, practica un corte en el paraguas, rasga el propio firmamento, para dar entrada a un poco del caos libre y ventoso y para enmarcar en una luz repentina una visión que surge a través de la rasgadura, primavera de Wordsworth o manzana de Cézanne, silueta de Macbeth o de Acab. Entonces aparece la multitud de imitadores que restaura el paraguas con un paño que vagamente se parece a la visión, y la multitud de glosadores que remiendan la hendidura con opiniones: comunicación. Siempre harán falta otros artistas para hacer otras rasgaduras, llevar a cabo las destrucciones necesarias, quizá cada vez mayores, y volver a dar así a sus antecesores la incomunicable novedad que no se sabía ver. Lo que significa que el artista se pelea menos contra el caos (al que llama con todas sus fuerzas, en cierto modo) que contra los ‘tópicos’ de la opinión”. (G. Deleuze, ¿Qué es la filosofía?)
Para Deleuze, la gracia del arte, pero también de la ciencia y la filosofía, es que no se acontentan con el fin de la opinión, sino que “trazan planos sobre el caos”. Arte, ciencia y filosofía quieren que desgarremos el firmamento y nos adentremos en el caos, para vivirlo y para vencerlo. Pero en el fondo, la lucha no está contra el caos, sino con las opiniones que nos alejan de él y que nos lo hacen representar como al aterrador Pan, semidios de la naturaleza salvaje. Por ello mismo hay que recordarlo: Pan tan sólo era un semidios al que no le gustaba que le despertaran en media siesta, tan sólo eso.
Es curiosa la imagen en la que, después de la Revolución, los franceses colocaron a la filosofía encima del calendario republicano. Sobre la sistematización y la contabilización del tiempo, se sentaba la Filosofía, amante de la indefinición. Ahí está ella apoltronada iluminando al tiempo, como dominándolo, representando un papel abismal.
Frente a ello, se alzó la valentía de Nietzsche. Él sabía que lanzarse hacia el abismo puede acarrear la pérdida a mar abierto, pero es sólo en el baño del inmenso caos donde se juega la obertura del porvenir. Por ello, Nietzsche lanzó un “quizá” terriblemente abrumador hacia el futuro destinado a los amigos de la verdad, que no serán aquellos que se sienten encima de la verdad de los días, sino los que la dejen a un lado.
Cuando leo algo de filosofía, tengo el mismo movimiento retroactivo que ante la vida, me la tomo de toda manera menos con filosofía. Porque la amo y me asusta. No sé quién gana la batalla, pero supongo que la gracia de la vida es esa, y mientras lo escribo hasta los dedos me tiemblan en un post que es todo menos ligero.
Ante ello supongo que hay dos opciones (y más). Una es la que sigo durante el día, la del recogimiento: que todo esté en caos asusta demasiado.
La otra es la del empeño. Si no hay nada contabilizado, no es cosa de sistematizar, sino de empujar y hacer cada día más grande la obertura del paraguas. Mientras la primera opción va estirando, el empeño del 2012 está en saber llevar la gracia del asunto. Entre una y otra, habrá que aprender a moverse, como si fuera un baile. Cada día más armónico, más sincero, más arriesgado.martes, 22 de noviembre de 2011
La resistencia de la inoperosidad
En la actualidad, el filósofo e historiador Giorgio Agamben (Roma, 1942) es, junto con Roberto Esposito, el mayor seguidor del trabajo genealógico iniciado por Michel Foucault dentro del pensamiento contemporáneo italiano. Con el mismo engranaje con el que Foucault buscó en el pasado las respuestas a las preguntas que le planteaba el presente, Agamben, en el conjunto de artículos que integran Desnudez, continúa acechando los territorios ignotos que escapan de toda metodología para probar de dar luz a la oscuridad de los tiempos y someter a la potencia de la crítica el comportamiento humano. Como ya hizo en la trilogía Homo sacer o en los textos reunidos en La potencia del pensamiento, Agamben vuelve a partir de su inmenso dominio de lenguas clásicas, teología divina y derecho romano para emprender un viaje hacia lo más velado de lo arcaico. Esta vez, el recorrido que realiza es una arqueología del desnudo, que va desde la fundación de la vergüenza posterior al pecado en el primer desnudo de la historia teológica –el de Adán y Eva- hasta la fotografía y la performance del siglo XXI (Helmut Newton, Vanessa Beecroft). A través del análisis de las contradicciones alrededor del cuerpo -¿glorioso o escatológico?- en la tradición cristiana, y acompañándose de la lectura de Walter Benjamin y de Kafka, Agamben elucida el papel al que ha sido relegado el cuerpo: divino cuando era reproductor; perverso cuando se salía de la ley.

Adán y Eva, Durero
En Historia de la sexualidad, Foucault dio cuentas de cómo a mediados del siglo siglo XVIII la soberanía fundada en el poder de dar muerte giró hacia otro sistema. La función de los nuevos estados ya no era matar, sino controlar y gestionar la vida (a través de la sexualidad, de la sanidad o de la duración de vida). Esta era, a la que Foucault denominó como biopolítica, ha acabado reduciendo el cuerpo a su base biológica más descarnada, o más desafectada. Siguiendo la línea abierta por Foucault, la arqueología de Agamben desentierra los mecanismos con los que la era del biopoder ha invadido la vida enteramente, como el método de identificación que los estados hacen de sus habitantes -simples números en el carnet de identidad que ya no reflejan ninguna ética personal- o el reconocimiento a través de máquinas -y por el cual el ser humano ha perdido su capacidad de mirar a los otros a los ojos-. La identidad de hoy es una identidad sin persona, dice Agamben, medida por simples datos biológicos; simple nuda vida (vida desnuda) que ha sido excluida de la capacidad de decisión política y que, por ello, puede ser eliminada en cualquier momento sin que parezca un crimen. Es en este punto donde Agamben parece dar un paso más allá de la genealogía foucaultiana. Si bien estamos en un momento en que la vida ha sido reducida a la nada, nos encontramos también en un momento crucial para desactivar ciertas operaciones. Agamben cree que la salida que posibilita nuestro cuestionamiento está en todo aquello que los mecanismos de poder han dejado fuera de la producción y del capital. Y fuera del poder, imposibles de reducir, están el cuerpo al desnudo exento de funcionalidad, la lectura y la relectura de textos, el ocio, la fiesta del sábado judío o el domingo cristiano y el espectro de ciudades muertas como Venecia. Más que lugares, estos espacios devienen, por su inutilidad, umbrales donde todos podemos pensar, regiones de lo oscuro que no están previstas para la producción sino para el deshacer y que, como el gesto improvisado de un cuerpo o la sonrisa súbita de un rostro, pueden escapar del reconocimiento de la Gran Máquina.

Melancolía, Durero
El recuerdo aquí a Hannah Arendt cumple su exigencia. Ante la masacre de los totalitarismos, Arendt quiso devolver a los hombres su condición humana mediante una vuelta a la polis griega, ese espacio de pensamiento al que ciertos atenienses iban a reflexionar una vez habían cubierto sus necesidades fuera de la polis. En un sentido paralelo, el discurso teórico de Agamben pretende deconstruir el binomio creación y salvación, es decir, acción y pensamiento, para restablecer su amoroso conflicto. Desde lo arcaico, ambas obras aparecen juntas, inseparables: mientras que la poesía era la acción, la filosofía debía salvarla –leyéndola- para que no se perdiera en el infinito de textos. Hoy, ante los oídos sordos que la creación y la filosofía se prodigan, Agamben nos lleva hasta el recuerdo de su fusión, puesto que es necesario que la crítica acompañe a toda obra, coincidiendo punto por punto con ella, para así deshacerla y descrearla en cada instante de la humanidad.
“No basta con hacer, es necerario salvar lo que se hace”, repite Agamben. Porque hemos hecho demasiado. Ahora, quizás, ya no es momento de construir. Sino de hurgar y remover. El pensamiento contemporáneo debe deshelar en un movimiento sin fin su mirada hacia la historia. ¿De qué manera? En el caminar a la deriva, en la lectura de un libro que nos lleve a otros pensamientos, en la propia conciencia de lo que podemos no hacer y en la presencia de un cuerpo desnudo que ya no busca ningún objetivo. Porque en todos estas prácticas del deshacer hay, por su futilidad, por su inoperancia, algo que nos traspasa. Adorno decía que la filosofía debía servir para ir a comprar el pan. Agamben, en su llamada, interpreta el aforismo: en la ardiente inoperosidad está la verdad de lo que somos, así como en la conciencia de nuestros límites se alza nuestra capacidad de resistir.
lunes, 1 de agosto de 2011
Abramos la brecha
“En el fondo, un mundo sin exterior –un mundo del todo inmunizado- es un mundo sin interior”.
Roberto Esposito
En el telenoticias de TV1 de ayer informaron de que Anders Breivik, el artífice de la atroz matanza en la isla de Utoya, va a ser analizado por dos psiquiatras hasta octubre para estudiar su estado mental. Esta disposición judicial demuestra, en su reverso, el preocupante olvido con el que buena parte de los estados europeos han operado, desde la segunda mitad del siglo XX, para levantar una Europa democrática, pacífica y plural.
Que Breivik sea considerado como loco es insultante. Breivik es un nazi. La locura, según el estudio genealógico de Michel Foucault, es aquel espacio que los mecanismos de poder han delimitado para instaurarse como poder en tanto que razón; dicho de otra manera, el poder, en busca de la ley, necesita de la sin razón, de lo imprevisible y de lo desconocido para hacerse como Ley, de manera que aquello que puede transgredir sus límites es aquello mismo que los dibuja. Siguiendo esta línea, el hecho de que Breivik haya ejecutado fuera del poder judicial no atestigua que se haya movido en el terreno de la sinrazón. La concreción en la previsión de sus actos y la minuciosidad de sus manifiestos demuestran que nada ha sido objeto de la la imprevisibilidad, sino que, al contrario, Breivik ha avanzado de forma aterradoramente sistematizada. Y, con su propia declaración de la monstruosidad pero de la “absoluta necesidad” de sus actos, ha demostrado que no es un loco, sino que se presenta como un ejecutante que actúa siguiendo la consecución de la ideología del nazismo, es decir, bajo la óptica del exterminio de aquellos que podían “contagiar” lo que se pretendía proteger bajo el nombre de raza aria.
Obviamente, la conmoción de un país como Noruega en el que una seguridad superficial se ha mantenido hasta ahora –así como, por cercanía, en el resto de países europeos- no puede entender la monstruosidad de lo sucedido dentro de lo que se ha estipulado con los límites de la razón. Pero para que el gobierno noruego -y toda la comunidad europea- pueda llevar una política sana, de seguridad y de diversidad plural, no deben considerar a Breivik como enfermo mental, sino que es necesario juzgarlo de la misma manera en que deben ser juzgadas las ejecuciones del exterminio nazi de la Segunda Guerra Mundial: como crímenes a la humanidad. De hecho, a su vez, en Oslo se ha subido la bandera de luto que atestigua que lo ocurrido en julio de 2011 es la masacre más dura después de la Segunda Guerra Mundial. Porque, en cierta manera, el ciclo se ha repetido.
Roberto Esposito, filósofo y teórico italiano, discípulo de los estudios genealógicos de Foucault, acuñó el término ‘impolítico’, palabra que no remite a un concepto sino que se contrapone a la sustancia política, para tomar distancia respecto de la génesis del discurso de poder. Sus análisis sincrónicos de conceptos políticos como el de comunidad, democracia o libertad, que incluyen una mirada diacrónica que indaga a través de qué mecanismos discursivos se han gestado esos términos, pretenden entender cuáles son las causas de las masacres de la humanidad atendiendo a su parte más oscura. En su libro Comunidad, inmunidad y biopolítica (2008), Esposito dedica buena parte de este tipo de análisis deconstructivo al concepto de comunidad para, posteriormente, dar una nueva lectura a su opuesto más extremo: el nazismo. Los porqués de la etapa nazi, la que hizo perder al mundo su capacidad para entenderse en términos de humanidad, son, precisamente, para Esposito, lo que no hay que enterrar ni dejar de mirar. Quizás, estudiándola de nuevo, podremos vernos cara a cara con la brecha que llevó a la sociedad moderna occidental hasta su cara más violenta y sangrienta.
Para Esposito, el nazi no es el sujeto loco que se ha desviado de la tradición histórica y filosófica de occidente, sino consecuencia del régimen biopolítico de los estados modernos. Y por biopolítica –en el sentido foucaultiano- se entiende la vinculación entre vida y poder; es decir, la reducción de la vida a su base biológica que llevan a cabo los organismos de poder. Foucault, ya en Historia de la sexualidad, intentó recoger los mecanismos e instrumentos de los que se había servido el poder para colocarse como Poder a través de la vida de los ciudadanos, concretamente, mediante el control de su cuerpo: limpieza, monogamia, clasificación anatómica, reproducción, etc. Aquellos que reunían una serie de requisitos eran considerados como normales y capacitados para estar dentro de los límites del poder y, aquellos que no, como enfermos, discapacitados y, posteriormente, excluídos. En la recopilación de datos históricos, Foucault quiso dar cuenta de cómo el discurso médico acabó ocupando en los estados modernos una posición jamás vista, puesto que se le concedió la capacidad de decidir quién era ciudadano y quién no.
Siguiendo esta línea, Esposito pretende profundizar en las argucias y los procesos que han llevado a los estados demócratas a fundamentarse en la estrategia biopolítica, cuya radicalización más extrema es, en su argumentación, la que aconteció en el exterminio nazi. Para ello, Esposito rastrea el sentido etimológico del término ‘comunidad’ al lado de la evolución política y social que ha labrado occidente desde el imperio romano. Esposito da cuenta de que, a día de hoy, en los estados modernos, lo que debía ser contrario a propio, el término ‘común’, ha degenerado en una idea de comunidad definida por las mismas propiedades –territoriales, étnicas, lingüísticas- que sus miembros (por ejemplo, comunidad de vecinos, comunidad económica europea, comunidad católica...). Sin embargo, la forma latina de comunidad, communitas, que proviene de munus (ley del don, darse al otro), no se refería a aquello que protege al sujeto clausurándolo en los confines de una pertinencia colectiva, sino que más bien se vinculaba a aquello que lo proyecta hacia fuera de sí mismo, que lo expone al contacto, al contagio con el otro. Para Esposito, la comunidad no se encarga de unir a los individuos, sino que más bien se trata del ‘entre’, del con-, de la relación que los vincula. Rescatando la experiencia interior de Bataille, aquella que expone el sujeto a la relación radical con el otro, Esposito argumenta que individuo y comunidad no serían opuestos, sino que, al contrario, el inviduo se realizaría y se singularizaría en la comunidad, puesto que en ella puede llevar a cabo el juego con aquel sujeto ajeno diferente de sí mismo.
Sin embargo, la relación imprevisible y desconocida con el exterior, esta experiencia de contagio procedente del otro, parece no adecuarse a las intenciones instutucionales y estatales, cuyo objetivo es englobar a sus ciudadanos bajo la norma de la mismidad de la unidad y la razón. De hecho, la idea original de comunidad fue empobreciéndose desde la Ilustración, cuando Rousseau, ya en El contrato social, advertía del riesgo que lo comunitario tenía de sobreponerse a los individuos autosuficientes, uniformizarlos, y tragarlos.
La degeneración del concepto de comunidad llevó a la creación de los estados modernos a la implantación de su sentido etimológico contrario. Con el término inmunitas, cuyo negativo in- delante de munus apelaría al hombre exento de obligación con respecto al otro, el sujeto podría conservar la propia sustancia de sí mismo. Sin embargo, tal y como argumenta Esposito, el proceso de inmunización es también aquello que pretende defender a uno mismo en relación con el otro. De hecho, médicamente, la inmunización intenta proteger al hombre del contagio del exterior y, para ello, le inserta el mismo virus del que quiere salvarle. En la configuración de los estados modernos, según Esposito, la evolución de la democracia ha hablado un lenguaje opuesto al de la comunidad en la medida en que cada vez más ha interiorizado una exigencia inmunitaria: uso de máscaras y armaduras para defenderse, construcción de muros (“juntos pero entre paredes”), fronteras, etc.; estrategias de protección que han acabado dando preeminencia a la propiedad de lo particular hasta que el valor de lo propio se ha ensalzado como vehículo social.
Ahí, al “hacer de lo impropio algo propio”, es cuando se abre la brecha de la sociedad actual, en cuanto que “equivale a la extinción de lo común”, dice Esposito, apelando a cómo la perversión de la idea de comunidad ha acabado en su opuesto, en el que se ha roto todo contaxto con el exterior, por entenderlo como extraño y aterrador. Este proceso de inmunización democrática, si algo es, es violencia, puesto que en su objetivo de combatir el contagio, y siguiendo la imagen médica que usa Esposito, la inmunización en altas dosis es el sacrificio del viviente, esto es, de toda forma de vida cualificada, en pro de la simple supervivencia.
El hilo de esta argumentación genealógica nos conduce hasta la radicalización de la inmunización, que culminó en el exterminio del nacionalsocialismo, cuya mano ejecutante fueron las SS y cuyo motor fue la biopolítica llevada al extremo. El nazismo, considerado por Esposito como una “biología realizada”, habría nacido de la inmunización con el que la raza aria quería “protegerse del contagio exterior”. De hecho, jamás los médicos habían tenido tanta relación con el poder político como lo hubo en la cancillería del Reich. “En este sentido”, dice Esposito, “ni siquiera se puede hablar de una simple instrumentación: la cuestión no es que la política nazi se limitase a adoptar como perspectiva legitimadora la investigación biomédica de su tiempo. De lo que se trata es de que pretendía identificarse directamente con ella”.
Durante los años treinta, lo que se inició como una campaña radical de sanidad pública pasó a los experimentos anatómicos de Goebbels y a los regalos anatómicos enviados por Menguele a su maestro von Verschuer (considerado hoy uno de los padres de la genética), hechos que demuestran el entramado que en aquellos años se produjo entre política, derecho y medicina, cuyo final fue el genocidio y, después, el suicidio de los cabezas del nazismo (debían autoextirparse antes de ser contagiados).
¿Por qué el régimen, se pregunta Esposito, confirió a los médicos un poder sobre la vida y la muerte tan enorme? La tesis más plausible que recoge es que la categoría de biopolítica ha de ser integrada con la de inmunización, porque sólo ésta última expone claramente el nudo que ata la protección de la vida a su potencial negación.
“Una mirada al panorama con el que se inaugura el siglo XXI basta para obtener una comparación impresionante: la explosión del terrorismo biológico y la guerra preventiva que intenta enfrentársele en su mismo terreno; las masacres étnicas, todavía de tipo biológico y las migraciones masivas que arrollan las barreras puestas para contenerlas; las tecnologías que configuran no sólo el cuerpo de los individuos, sino también los caracteres de la especie; la reapertura de campos de concentración en diversas partes del mundo; el empañamiento de la distinción jurídica entre norma y excepción. Todo esto sucede mientras explota de manera incontenible un nuevo, y potencialmente devastador, síndrome inmunitario. Ya lo hemos dicho: nada de todo eso iguala a lo sucedido desde 1933 a 1945. Pero nada de ello es totalmente ajeno a las cuestiones –relativas a la vida y a la muerte- que entonces se plantearon. Decir que estamos, hoy más que nunca, en la inversa del nazismo significa que no es posible desembarazarnos del problema limitándonos a alejar la mirada, sino que para invertirlo de verdad –para mandarlo al infierno del que salió- hace falta atravesar de nuevo, conscientemente, esas tinieblas, respondiendo, claro está, de manera opuesta a todo cuanto entonces se hizo, a las preguntas que de ahí emergieron”.
¿Qué ocurre ahora, sesenta años después? Según Esposito, doce años de experiencia nazi han producido suficientes anticuerpos para protegernos de su retorno. Sin embargo, y como demuestra lo ocurrido en Oslo hace apenas una semana, estamos bien lejos de pretender cerrar la horrenda brecha abierta por el nazismo. Que Breivik sea hoy considerado un enfermo mental es un insulto a todas las víctimas causadas no sólo este julio en Noruega, sino a todas las víctimas del Holocausto, del estalinismo o de cualquier otro totalitarismo. Antes he dicho superficialmente que, quizás, los estados europeos –ya no sólo el noruego- han intentado desmantelar lo ocurrido durante el Holocausto con un velo cubierto, dejando enterrado –precisamente, escondido, todavía allí- el monstruo del genocidio nazi. A su vez, los medios de comunicación nos continúan bombardeando con las imágenes de lo ocurrido en Oslo -en detrimiento de otros hechos, como el de Somalia, del que ayer, por ejemplo, El País no se preocupó ni de informar- mientras los espectadores las siguen como si se trataran de nuevas versiones de los espectáculos del coliseo romano. Cosa que demuestra que, nunca como hoy, el bíos se revela en el cruce de todas las trayectorias: políticas, económicas, sociales, tecnológicas. Es por esto que, concluye Esposito, antes de intentar entender la actualidad a partir del discurso supestamente democrático, es preciso abrir cuentas de nuevo con el del nazismo, antes de que nos lo encontremos de nuevo, justo delante de nosotros.
lunes, 26 de abril de 2010
Memento illam vixisse o el Barthes que más me gusta

Roland Barthes (12 de noviembre de 1915 - 26 de marzo de 1980)
"Como decía Roland Barthes, ni te cases ni te embarques", dice la canción que cierra el vídeo La Confimación de Bestué/Vives**. Et voilà la ironía barthesiana: el autor francés que más escapó de la arrogancia de los mitos, de esos estancamientos de la Doxa -¡terror!- y de la opinión pública en general ha acabado siendo, desde los ochenta, el más citado en cualquier escena cool literaria o artística habida y por haber.
"RB: best-seller de la teoría literaria" (A.R.)

En el vídeo de Bestué/Vives, mientras se oye lo de "ni te cases ni te embarques", aparece llenando la pantalla una cara de Barthes formada de frutas. Et voilà la cara del mosquetero de las estructuras de la primera parte de los sixtie's, justo antes de darle una patada a los binomios y los paragramas, de dejar la obra literaria para pasar a hablar de escritura, de cargarse al autor -textual, se entiende- y de hacerse el harakiri literario en ese libro maravilloso titulado Roland Barthes par Roland Barthes en el que todo gira entorno a una pieza que no existe: el yo.
"Si yo fuera escritor, y estuviera muerto, me gustaría mucho que mi vida se redujera, gracias a los cuidados de un biógrafo amistoso y desenvuelto, a algunos detalles, algunos gustos, algunas inflexiones, digamos: 'biografemas' cuya distinción y movilidad pudieran viajar más allá de cualquier destino y llegar a tocar, a la manera de átomos epicúreos, algún cuerpo futuro, prometido a la misma dispersión." (RBxRB)
Desde los setenta, Barthes trabajó duro para no casarse con nadie. Después de dejar claro que ni él mismo existía, un Barthes ya libre -pero siempre triste- hizo y deshizo lo que se le antojó sobre el placer, el amor, la comida, los habanos, el cine y la época de la que en gran medida fue víctima también. ¿Cómo escribir(se) y no estancarse en el discurso? La escritura fue la primera salida a todo ello. La segunda, el cuerpo. Y la tercera, la que lo llevaría al más allá de sí mismo y de todo discurso: la memoria del ser ausente.
Memento illam vixisse o la mère que más me gusta recordar
El 25 de octubre de 1977 muere Henriette Barthes, su madre, aquélla a la que hay que recordar. Hecho traumático e insoslayable que cruza la última etapa -ya literaria- del autor que no creía en el autor y que conduce a un nuevo Roland, tras una larga vida neutra -sin histeria- de artículos y repeticiones a dejar de esconder su yo, no sólo en el armario.
Tres años antes de su muerte -de la que hoy se cumplen treinta años- Barthes se embarca en algo demasiado grande como para controlarlo: el enfrentarse a sí mismo tras la ausencia de su madre. En dos libros: La cámara lúcida y Diario de duelo.
Porque en temas de muerte hay cosas que se escapan:
"Todo el mundo conjetura -así lo siento- el grado de intensidad de un duelo. Pero es imposible (signos irrisorios, contradictorios) medir hasta qué punto alguien ha sido alcanzado".
"Las palabras (simples) de la Muerte:
- '¡Es imposible!'
- '¿Por qué, por qué?'
- 'Para siempre'
etc."
(Diario de duelo)
Muerte y amor, asignificativos. Irreprimibles. Como el grano de la voz de la que ya no está que Barthes encuentra hojeando en viejos documentos de su madre, en la Foto del Jardín de Invierno, en la que aparece Henriette cuando era niña.
"Aquellas fotografías, que la fenomenología llamaría objetos 'cualesquiera', eran tan sólo analógicos, suscitaban tan solo su identidad, no su verdad; pero la Fotografía del Jardín de Invierno, en cambio, era bien esencial, cumplía para mí, utópicamente, la ciencia imposible del ser único. (La cámara lúcida)
Grano, punctum, pinchazo, herida causada por la presencia de la ausencia de la que ya no está que lanza a Barthes hacia una escritura tapizada de piel, en la que se puede "escuchar la textura de la garganta, (...) toda una estereofonía de la carne profunda", en la que se siente la pulpa de los labios de alguien irreductible en tanto que único. La cámara lúcida, más que ensayo de fotografía, es texto que chirría, grana, acaricia y luego raspa.
Para Barthes, recordar a alguien era lo mismo que olvidarlo. Y para ello sólo hubiera bastado con decir el nombre único de su madre. Pero la carne se echa cuando se volatiliza al que ya no está, como hizo Derrida en Las muertes de Roland Barthes, título que (lo) ininterrumpe, eternizante, y que dispersa su ausencia, pluralizándola. Inacabamiento llevado hasta un final sin fin, pese a que algunos busquen los finales sin tregua.
A los 65 años, poco antes de ser atropellado por una furgoneta de lavandería, B quiso cambiar, "dar un contenido al sacudón" del medio de su vida. Una vita nuova con satori (vacío mental) para poder ya libre dejar(se) la piel en la escritura, sin marcas ajenas, con huellas internas.
Trazando esas huellas algo de la mano del escritor, decía Sollers, se queda sobre el papel. Y en La cámara lúcida, en el Barthes que más me gusta, el cuerpo de B y el cuerpo de H aparecen surcados, pero fugaces. Imposible agarrarlos.
Como en la Foto del Jardín de Invierno. Cuando la miro, Barthes y su madre sonríen, para siempre. Como el punctum, como ese pinchazo que experimentaba Barthes al mirarla, ahora las palabras de Barthes -Bard, Bárt, Bártes, Bartè, Bartezzz...- se convierten en aquellos pequeños biografemas que parecen llegarme, alcanzarme, herirme sólo a mí.
"¿Por qué tendría deseos de la mínima posteridad, de la mínima huella, puesto que los seres que más he amado, que más amo, no la dejaron, ni yo ni algunos sobrevivientes pasados?"

** Este viernes 30 de abril estos dos bestias inauguran en Estrany de la Mota el proyecto "Sabadell".



